Transportarse en bus por esta ciudad es una experiencia poco grata si a las laderas pronunciadas sumamos las formas en que muchos conductores hacen su trabajo, que transgreden la decencia, la prudencia y la tranquilidad.
También es un momento ruidoso. Los motores rugen y dejan chorros negros y densos de humo, los frenos del vehículo son lacerados como caballos deteniéndose ante el fuego y se sintonizan desde temprano los gritos estrepitosos del típico locutor de emisora popular, que goza de dirigirse a sus oyentes como “mamita rica” o “mai niño”, según el caso.
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