En video
Metamorfosis en el balcón
Vivo en un piso 13. No tengo idea de cómo llegó una oruga a mi balcón para tejer su crisálida en una de mis plantas (intento de bonsai de acacia, de 2 años).
El caso es que ahí está. Hoy va conquistando la corona del arbolillo y me pregunto si en ese ánimo devastador (que es a la vez parte de su ciclo vital) pasará a otra planta. O si al trepar lo que queda de la copa, la temporalidad de su naturaleza jugará, casualmente, con metáfora de meta alcanzada.
Este video, publicado hace algunos días, muestra cómo la oruga abre la parte superior del capullo para salir a, creo, alimentarse. La he visto abrirlo también para arrancar trozos de las ramas y hacerlos parte de su envoltura sedosa.
¿Algún entomólogo entre el público?
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Contra la inercia y la inopia
Transportarse en bus por esta ciudad es una experiencia poco grata si a las laderas pronunciadas sumamos las formas en que muchos conductores hacen su trabajo, que transgreden la decencia, la prudencia y la tranquilidad.
El alto índice de desempleo es proporcional al de subempleo. “Subempleo” es el eufemismo que denota el trabajo informal, sin las prestaciones sociales legales y sin condiciones laborales dignas. El bus urbano es, entonces, un no-lugar de trabajo.
Y entre esa gente que se sube al bus, salta la máquina registradora y entrega un producto “sin ningún compromiso”, cuando frecuentamos una ruta podemos establecer en poco tiempo quién aborda en qué esquina, qué tipo de “chucherías” vende, cómo se expresa y en qué cambia ese discursillo de venta homogeneizado:
- “… Espero no incomodar con mi presencia quitándoles 4 ó 5 minutos de su agradable tiempo (…) El día de hoy vengo a ofrecerles este rico y delicioso dulce llamado (…) Por tan sólo doscientos la unidad o -para su mayor economía- lleve los 2 por trescientos o los 3 por quinientos”.
Este tipo de ventas está antecedido generalmente por la acción obligante del vendedor a que su producto sea recibido por el potencial consumidor, apelando a la buena educación de quien recibe o a una triquiñuela de intimidación mediante la exhibición/entrega del dulce rompiendo con la campana proxémica. O sea, te ponen el dulce en la cara.
Y bien, de todas las formas azucaradas, empaquetadas, justificadas y recitadas de venta en buses, mi preferencia es propiamente por las musicalizadas: disfruto cuando alguien se sube con su guitarra y a su modo interpreta un tango, un bolero o una canción juvenil de ésas que te recuerda necesariamente a alguien. Y el conductor en un acto de solidaridad le baja el volumen al vallenato de rigor, mostrando algo de humanidad.





