Archive for the ‘Colombianadas’ Category
Una iniciativa que hay que apoyar
Es evidente: esa reforma debe archivarse. ¿Por qué tanta insistencia? ¿Qué motivos son los que mueve a la Ministra cuando todos estamos diciendo NO a la reforma? ¿Dónde hay una verdadera revolución de la educación desde lo institucional? Por favor, ya no más.
Pide la retirada de la reforma educativa en Colombia
Si vives en Colombia, [puedes ayudar a defender el sistema educativo][1]. El próximo 10 de noviembre de 2011, la comisión sexta del Congreso realiza la primera de las dos sesiones necesarias para aprobar la reforma a la Ley 30. Escribe a nuestros representantes políticos en el Congreso de Colombia a través de este sencillo formulario y pídeles el retiro del proyecto de ley que reforma la educación superior, más conocido como la “Ley 30″. Si miles de personas lo pedimos claro y con argumentos no podrán silenciarnos.
Desde la [Mesa Ampliada Nacional Estudiantil][2] (MANE), los estudiantes de este país exigimos al Congreso de la República de Colombia: ¡Ni reforma, ni Ley 30, queremos construir una ley de manera colectiva!. Súmante al movimiento estudiantil, escribe a todos los congresistas con educación y respeto, de manera muy sencilla, pídeles que detengan la ley y que abran un proceso participativo.
[1]: http://youtu.be/Kt_B6zufbFs
[2]: http://manecolombia.blogspot.com/
¡Que se escuche tu voz! Para participar en la campaña escribe aquí tu mensaje, nosotros nos encargamos de que llegue de forma eficaz a todos los responsables
De la ignorancia y la Colombia por desconocimiento u omisión
Nota preliminar: disculpe usted si le molesta leer mucho en pantalla. Pero si va hasta el final del texto, verá que vale la pena.
Desnudando mi ignorancia
Antes de acusar a alguien de ignorante uno debe primero reconocer sus propias ignorancias. Yo, por ejemplo, no me considero una persona inteligente por encima del nivel de la mayoría; de hecho mis ignorancias son un azote diario entre quién soy y quién desearía ser.
Entre lo superfluo y lo fundamental, a mis veinti-tantos años de edad me avergüenzo de no saber cómo hacer sonar con armonía un instrumento musical cuando -a causa de mi apariencia- me preguntan si toco la guitarra o el bajo. Los acordes y arpegios de la primera son todavía un sueño acuñado desde mi preadolescencia, que por falta de disciplina ya me resigné a simplemente imaginarlos en el aire (air guitar) cuando voy a algún concierto.
Tampoco soy hombre de letras, si bien ser autor de un buen libro es una ilusión que espero encarnar algún día. Creo que fue Borges quien dijo que para escribir es imprescindible leer muchísimo antes; una obviedad en la que creo con fervor. Puedo decir que leo más que el colombiano promedio, eso sí, a pesar de que quisiera hacerlo con más constancia. Pero por fortuna conservo la atracción hacia los libros que desde pequeño mi padre me contagió, arrebatamiento que podía satisfacer inicialmente a pocos pasos de mi casa, en una biblioteca pública, con las historietas de Tin Tín, Mafalda y Garfield, con los libros de R.L. Stine y otros cuentos de brujas, duendes y fantasmas.
El deporte, que es otro tipo de inteligencia, era uno de mis fuertes. Entrené Taekwondo con alguna virtud y me divertía con otras actividades físicas hasta que mi abuelo paterno desde su tumba le recordó a mis genes un síndrome hereditario en ambas rodillas; rótula luxable, se llama. Así que eventualmente he intentado acudir al gimnasio sin mucho éxito; me ha ganado la apatía por el narcisismo y la pereza. También me antecede la excusa de la falta de tiempo.
Últimamente he pensado mucho en que debo cultivar algún arte. En un momento de la infancia mostré cierto talento para la pintura, quizá lo podría intentar de nuevo. También he decidido emprender la búsqueda por algo que me haga potenciar lo mejor que tengo. Primero, por supuesto, debo descubrir qué es lo mejor que tengo. Y en ese camino siento curiosidad por, llamémoslo, una excavación espiritual -que no religiosa-. Tengo todavía muchas dudas sobre la “institucionalidad” que he de darle a este respecto; sólo sé que el panteísmo me huele bien como doctrina filosófica y que me seduce el esoterismo afín a culturas nórdicas antiguas. Cada loco con su tema.
Cuando la angustia puede con uno
Soy consciente, pues, de mis muchas otras propias ignorancias. No obstante, también tengo claro que no vivo cómodo con ellas. Bien sabido es que ”ignorar” es desconocer, pero también es hacer caso omiso. En ese sentido tengo justo en este momento una disyuntiva: por más que intente ignorar lo que pasa a mi alrededor no puedo. Y esto me ha afectado mucho anímicamente, al punto de que incluso en varias ocasiones me despierto con ganas de nada. Puedo pasar el día entero sentado frente al computador y no rendir laboralmente cuanto debo. Gran problema.
Como una especie de doloroso placer, procuro mantenerme informado con los medios de comunicación a los que todavía puedo creerles algo, no todo. Le entendí hace años a Descartes que la duda es inexorable. Entre muchas otras angustias, una de las principales por estos días tiene relación con el futuro de Colombia desde su más grande fuente de incidencia: el gobierno. Esa angustia es más perseverante de lo que yo quisiera; por eso hallo casi un vicio en estar tanteando qué dicen los medios y cómo se corresponde con la opinión pública discursiva, que planteada en términos simples se refiere a la que se genera en la Internet mediante las redes sociales y los medios ciudadanos.
¿Qué tiene que ver este cuento con el tema de la ignorancia? Pues bien, que casi todo el texto escrito hasta ahora es un reconocimiento de algunas de mis ignorancias para concederme la licencia de decirle a mi país, con humildad, con desazón y con mayúscula, ¡COLOMBIA, TAN IGNORANTE ERES!
Tenía pensado orientar esta entrada por otro lado. Tal vez elevando la queja por la corrupción, por el fraude electoral que chamusca el aire, por el hecho de que -a pesar de la voluntad de varios millones de colombianos por asumir la honestidad, la legalidad y la justicia como pre-supuestos básicos para transformar el país- las fabricaciones politiqueras (mafiosas y apátridas) hicieron de las suyas y probablemente las sigan haciendo. Pero no.
Mejor es posible: preferible la ignorancia que la angustia
La miopía y el Alzheimer de este país hacen parte de una serie de patologías generalizadas y decepcionantes. Más triste que eso es que quienes sí tienen la memoria fresca se hacen “los de la vista gorda” porque no importa cómo se hagan las cosas con tal de que se persigan las metas que, nos vendieron, deben perseguirse. O sea, ignorancia desde la omisión, no desde el desconocimiento.
Les confieso entonces que la intención no es juzgar la ignorancia sino, por el contrario, elogiarla. Cuán necesaria para que las consciencias de las masas puedan dormir tranquilas. Eso de “dormir tranquilos” es cuento del de la U; asumo que su gobierno propenderá por mantener en la ignorancia a la mayor parte de colombianos para que al menos en las estadísticas pasemos -del segundo lugar que ocupamos- a ser el país más feliz del mundo. Dormir, letargo, desasosiego. Ésa es la prosperidad que nos están vendiendo y que mucha gente escogió en las urnas. Lo digo, me sostengo en dudar de todo, incrédulo con la cifra de supuestos votantes.
La angustia la concibo pues como un sentimiento lacerante. Es la angustia la que me aboca a mantenerme informado, práctica masoquista. Es la angustia la que me tiene escribiendo pasadas las 4 de la mañana, cuando hace horas iba a irme para la cama. Es la angustia, entonces, una conmoción antagónica a la ignorancia. Si ignorara- por desconocimiento u omisión- cómo se mueve este país estaría sumido justo en este momento en un sueño disciplinado para levantarme como colombiano de bien a trabajar en el horario socialmente reglamentario.
Tanto rodeo para esto
La teoría hecha carne
Un mensaje bombardeado, insistente, omnipresente, dicho mil veces, puede influir notablemente en los modos de actuar y pensar de las personas. La teoría hecha carne: la comunicación en su modelo de masas y aquella teoría de la Aguja Hipodérmica.
También esa falsa sensación de participación, que en los libros llaman funcionalismo y en la vida real se refleja en la “democracia”. Toparme con estas imágenes por el oriente cercano de Antioquia fue ver ejemplos vivos de lo que estaba escrito en los documentos de estudiante universitario… Pero fue, sobre todo, desesperanzador.

Paredes empapeladas, sobre todo por el Partido de la U, que tiene una sede en Rionegro (Antioquia). En algunas ventanas la gente manifiesta su filiación política con los afiches del Partido Verde.

Eso que llaman "malicia indígena". Instaurando consignas en el imaginario colectivo sobre el riesgo que significa escoger otra opción para el actual presidente, a quien en el oriente antioqueño muchos siguen con fervor.

No se puede negar que quienes están tras esta campaña saben bien cómo inducir decisiones sobre las masas con poco criterio, mediante la desinformación.

Los vacíos en los que cayó Antanas Mockus en sus declaraciones a la prensa fueron aprovechados, sin duda.

El mensaje "cala" en los habitantes de este pueblo (Marinilla, Antioquia) desde las principales vías de acceso.
Esto fue lo que vi
Esto fue lo que vi ayer en la jornada electoral de esta Colombia que tanto duele. Ocurrió en un barrio de clase media en Medellín. No me quiero imaginar cómo sucedieron las cosas en otros lugares menos “protegidos”. Juzguen ustedes.
Antes de entrar
Nos encontramos temprano los testigos electorales del Partido Verde. Somos más de los que uno creería. Agrupados desde las 7 de la mañana, recibimos unas últimas indicaciones antes de que comience la jornada electoral. Los militares nos miran atentos. Ya antes nos habíamos capacitado sobre nuestra función: cuidar las elecciones de las posibles artimañas corruptas de las que son susceptibles.
Nuestro kit de testigos incluye un formulario para reclamación de irregularidades, una guía de bolsillo sobre lo que debemos hacer minuto a minuto, un lapicero y una camiseta verde sin logos, insignias, ningún estampado. Adicionalmente viene en la bolsa transparente una carta de Adelina Covo, del Consejo Nacional Electoral. Toda persona está autorizada a usar cualquier color, como pueden ver aquí.
La policía no permite la entrada de dos mujeres -también testigos- que van delante nuestro por el color de las camisetas; ellas se las quitan. “Tenemos la orden de no dejar entrar a nadie de verde”, dice la agente de mayor rango. Los apoya una señora desde la fila de quienes madrugaron a votar, quien nos grita que “eso no se puede” y que ella está muy bien informada. “Nosotros somos legales y sabemos muy bien qué podemos hacer”, les dije mientras les enseñaba la carta que de forma muy inteligente el Partido incluyó en nuestro kit. No tenían “de dónde pegarse”. Entramos a nuestros respectivos puntos de vigilancia.
En la mañana
La mañana transcurre sin contratiempos. Es la gente de la tercera edad la que más madruga a votar. Pocas expectativas siento al ver esta población específica, tan aferrada a sofismas caducos, dogmáticos y dolorosos. Un señor acude al puesto de votación con una hoja publicitaria con la X claramente marcada sobre Juan Manuel Santos y Angelino Garzón. Es alguien de la misma mesa de votación que se pone de pie y acude a nosotros para hacer algo al respecto. La policía determina que no hay problema siempre y cuando no se esté repartiendo dentro del colegio esa publicidad. “Es una ayuda que pueden entrar para votar”, arguye uno de ellos apelando a la alta edad del votante.
Pasan unas horas y comienza a verse más gente, que no necesariamente joven sino de menos edad que los anteriores. Varios portan prendas verdes; uno que otro vota y nos mira como con una especie de complicidad alegre y esperanzadora.
Cerca del mediodía un agente de policía pasa por los puestos de votación preguntando el número de sufragantes a los jurados de votación. Al seguirlo veo que escribe los datos en una libreta cualquiera, pequeña, y se dirige hacia su superior. Me parece sospechoso, pero ésta es la hora en que no sé si lo que hicieron es ilegal o no, aunque por lo que leo en La Silla Vacía es un acto indebido. Se supone que la labor de la Policía en esta jornada no debe ser otra que la de vigilar el orden público y ninguna más. El personal de la Registraduría tampoco sabe para qué toman estos datos, pero no les inquieta en ningún sentido.
Durante la tarde
Somos por lo menos una veintena de testigos electorales verdes que llegamos temprano, con la debida instrucción y con la convicción de ser parte de un acto de legalidad de manera voluntaria durante todo el día. Los del Partido de la U llegan sólo para la jornada de la tarde. Están desubicados y no tienen claridad sobre cuál es su labor. Varios de ellos son personas que convencieron afuera del colegio. Lo constato cuando salgo por unos minutos a la tienda de la esquina por unos chicles. A estas personas les dan las indicaciones de manera improvisada, al igual que una escarapela escrita a lapicero; casi todas tienen tachones o enmendaduras con corrector (Liquid Paper, que llaman), razón por la cual serán retiradas del recinto por los funcionarios de la Registraduría a las 3 de la tarde.
Antes de que eso ocurra (faltan veinte minutos para las 3) un señor identificado con camiseta y gorra del SIMPAD entrega un formato a los jurados de dos mesas. Me acerco a una de ellas y observo cómo uno de los jurados, indignado, indica a las otras (son mujeres el resto) que no diligenciarán el papel: “vamos a hacer las cosas con honestidad”, afirma. Me cuenta que en el formato les piden escribir el Código de Transmisión de la mesa, que es el número del formulario para el conteo de votos desde el cual se emiten los resultados telefónicamente. ¿Para qué lo querrían sino para propósitos al margen de nuestra función de testigos? Verifico que la otra mesa haya rechazado también dicho papel, impreso claramente con el logo del Partido de la U. Así es.
Nuevamente informo del inconveniente al principal funcionario de la Registraduría allí presente. “¿Cómo así? Eso no se puede hacer”, dice y se va. Es claro que su competencia o su interés no es llevar las cosas más allá. En el lugar no se identifica la Mesa de Justicia, donde estaría ubicado el personal a quien acudir en estos casos. Sólo un miembro de la Personería pasa de vez en cuando por las mesas, pero no lo veo justo en este momento.
Finaliza la jornada
Suena el timbre del colegio, salen los sufragantes, aplauden los jurados, sonreímos los testigos. En este momento comienza nuestra labor principal, que por fortuna concluye sin ningún contratiempo. Los resultados son los esperados: en las mesas donde votan los más viejos gana Santos. Antanas es superior en las mesas en que la tercera edad no tiene presencia significativa. Se acerca a mí una señora que trabaja en la Fiscalía y me muestra su simpatía por nuestra labor y por el color que portamos.
- “En la Fiscalía todos vamos por el verde; sólo uno iba a votar por Vargas Lleras”, me cuenta sin que le pregunte.
- “¿En serio?”, le pregunto. Estoy sorprendido.
- “Sí, en el DAS también la gran mayoría está con Mockus”, comenta ella. Sigo sorprendido, más todavía.
- “Una institución tan desprestigiada como el DAS y tan impopular entre la gente debe estar afanada por un gobierno que no le haga ensuciar su nombre, ¿o qué?”, le pregunto.
- “Claro, es que ya estamos cansados de tanta mierda. No podemos dejar que luego de 8 años sigamos en las mismas”. Fin de la conversación.
.::. .::.
A la salida del colegio escuchamos con tristeza y rabia los resultados parciales en una emisora, por medio de un celular. Al lado, una señora de blanco le dice a otras personas: “con ese papelito puede ir a recoger la plata”.




