Contra la inercia y la inopia
Transportarse en bus por esta ciudad es una experiencia poco grata si a las laderas pronunciadas sumamos las formas en que muchos conductores hacen su trabajo, que transgreden la decencia, la prudencia y la tranquilidad.
El alto índice de desempleo es proporcional al de subempleo. “Subempleo” es el eufemismo que denota el trabajo informal, sin las prestaciones sociales legales y sin condiciones laborales dignas. El bus urbano es, entonces, un no-lugar de trabajo.
Y entre esa gente que se sube al bus, salta la máquina registradora y entrega un producto “sin ningún compromiso”, cuando frecuentamos una ruta podemos establecer en poco tiempo quién aborda en qué esquina, qué tipo de “chucherías” vende, cómo se expresa y en qué cambia ese discursillo de venta homogeneizado:
- “… Espero no incomodar con mi presencia quitándoles 4 ó 5 minutos de su agradable tiempo (…) El día de hoy vengo a ofrecerles este rico y delicioso dulce llamado (…) Por tan sólo doscientos la unidad o -para su mayor economía- lleve los 2 por trescientos o los 3 por quinientos”.
Este tipo de ventas está antecedido generalmente por la acción obligante del vendedor a que su producto sea recibido por el potencial consumidor, apelando a la buena educación de quien recibe o a una triquiñuela de intimidación mediante la exhibición/entrega del dulce rompiendo con la campana proxémica. O sea, te ponen el dulce en la cara.
Y bien, de todas las formas azucaradas, empaquetadas, justificadas y recitadas de venta en buses, mi preferencia es propiamente por las musicalizadas: disfruto cuando alguien se sube con su guitarra y a su modo interpreta un tango, un bolero o una canción juvenil de ésas que te recuerda necesariamente a alguien. Y el conductor en un acto de solidaridad le baja el volumen al vallenato de rigor, mostrando algo de humanidad.




